Este sábado decidimos ir a cenar fuera. Cuando llegamos al restaurante, P. iba sentado en su silla, muy conforme, y al ver allí a su amigo O. pidió bajarse para jugar. Lo bajamos mientras nos traían la cena. Al principio iba y venía, picaba algo y volvía a jugar, así que decidimos montarlo en la sillita para que cenara bien. Dijo que no quería. Le explicamos que sólo para cenar, pero si es quitarle de jugar… no entiende a razones. Empezó a chillar: “¡Qué no! ¡no! ¡no! ¡a bajar!”. Se ponía `tieso´ y no permitía que lo sentásemos. Finalmente, conseguimos sentarlo a la fuerza. P. empezó a ´patalear´ aún más y más fuerte. Ya empezamos a enfadarnos, a decirle que no pegara, serios, voz y mirada seria, pero estaba `endemoniado´. Le abroché sin más explicaciones y le dije que se callara. Mientras este circo seguía, toda la terraza estaba mirándonos. Una mujer incluso se atrevió a comentar que ella ya vaticinaba que el niño hacía lo que quería… ¡sin comentarios!. No sabíamos cómo hacer que se callara, no dejaba de gritar. Le avisamos que si seguía así le dejaríamos solo a un lado, pero nada, a mí me daba la impresión de que gritaba más fuerte mirándome, como desafiándome… me estaba entrando aún más rabia. Le di la vuelta de espaldas a nosotros para que viera que no nos gustaba ese comportamiento y, por eso, se quedaba solo. Pero nada…  Ya me cabreé tanto y me sentí tan presionada que me fui para él, le puse el chupete y a dormir, sin cenar ni nada. Me miró y me dijo: “Mamá, manita”. Se la di y se durmió

Anónimo

Hace un par de días recibí un whatsapp, un whatsapp cargado de vergüenza, desesperación, rabia y tristeza. Pero no es un whatsapp aislado. Como psicóloga, amiga, hermana, algunos de vosotros como padres, abuelos… son muchas las ocasiones en las que oímos e incluso vivimos situaciones semejantes.

Precisamente es tal asiduidad la que nos indica el carácter normativo y funcional de estos eventos, pero detengámonos aquí y comencemos por el inicio de todo.

Cuando vuestro pequeño es aún un bebé, su único medio de exploración y de supervivencia sois vosotros, sus padres: mamá le nutre, papá le da sus primeros baños, le abrigáis cuando hace frío, le acunáis con ternura… en definitiva, le mostráis el mundo al que acaba de llegar con el mimo y la protección que requiere. Pero, a medida que las semanas y los meses transcurren, el desarrollo normativo de todo ser humano se pondrá en marcha facilitando la continua adquisición del propio “self”, del propio “Yo” lo que se producirá a nivel físico, socio-emocional y psicológico. Este desarrollo es el que, en un futuro no muy lejano, hará de vuestro pequeño una persona autónoma e independiente, con las habilidades necesarias para desenvolverse en el mundo de forma individual y adaptativa.

Dicha individualización se evidencia mediante cambios observables a nivel fisiológico, como es el hecho de que a los tres meses adquiera el reflejo de presión, con seis comience a gatear y, ya con casi un añito, sea capaz de ir desplazándose de pie y cada vez con menos apoyo. Desde el área perceptivo-cognitiva, con unos cuatro meses es capaz de detectar de dónde proceden los sonidos a su alrededor, e incluso comienzan a comprender los principios de la causalidad entre los nueve y los doce. Finalmente, en lo que al área más social y comunicativa respecta, destacamos eventos como  los “diálogos” guturales que mantiene  con adultos con tan sólo cuatro meses, o la tierna y patosa reproducción de “los 5 lobitos” en torno a los nueve.

Todo este crecimiento os mantiene expectantes e ilusionados a la espera de que se produzca el próximo hito evolutivo como ayudar a guardar los juguetes, emparejar objetos de características semejantes o atinar, con cierta puntería, a dar patadas a un balón. Pero, de repente, sin haber tenido ni el tiempo ni la información suficiente, os encontráis envueltos en la denominada “aDOSlescencia”. Es ahora, con 24 meses, cuando se les comienza a demandar más y más: la retirada del pañal, que coman solos, “saluda”, “da un besito”… y las conductas de individualización se hacen cada vez más observables y frecuentes:

– “¿Quieres que te bañe mamá?” – “No”

– “¿Quieres que te bañe papá?” – “No”

– “¿Me dejas la pelota?” – “No”

– “¿Quieres un helado?” – “No”

¡TAMPOCO QUIERE UN HELADO!, ¿¡QUÉ ESTÁ PASANDO!?

Y, por supuesto, las temidas “rabietas”. Éstas son inevitables en tanto que forman parte de un proceso biopsicosocial. La evolución de este proceso madurativo al que hago referencia, hacia las conductas más desafiantes y oposicionistas recae en un simple proceso de reforzamiento, es decir, en la aparición de una consecuencia apetitiva o la eliminación de una consecuencia o estado aversivo para el niño tras la conducta en cuestión.

Sin embargo, con determinadas pautas, podéis gestionarlas de forma exitosa reduciendo su intensidad, frecuencia y duración.

Pautas pre-rabieta:

  • Evitar aquellas situaciones en las que anticipéis la posibilidad de que se produzca, bien sea por la reiteración de la rabieta en el contexto en cuestión, por otros factores asociados (cansancio, enfermedad) o, simplemente, por “intuición materna”
  • Si se trata de un contexto inevitable, anticipar en momentos neutros, de calma y adaptándolo a la edad del niño, las consecuencias positivas que tendrá el portarse bien. Evitar referirse a la situación con connotaciones negativas, cambiar el “Si no te portas mal…” por “Si hoy cuando vayamos al supermercado, ayudas a mamá y llegamos a casa contentos…”, añadiendo finalmente la recompensa
  • Si es demasiado tarde y ya os encontráis en “terreno peligroso” comenzando a darse las primeras señales de lo que avecina “un circo”, cambiar rápidamente el foco atencional del niño. Es recomendable llevar siempre encima determinados juguetes que consigan atraer su atención
  • En lo que a vosotros respecta como cuidadores, evitar mostrar señales de tensión anticipando o en vivencia de la rabieta, no olvidemos que los niños son esponjas, por lo que esa tensión será absorbida motivando e incrementando su descontrol

Pautas durante la rabieta:

  • Una vez comenzado el berrinche, respirad, contad hasta 10… o hasta 100, apretad una pelota antiestrés o cualquiera de las infinitas formas que se os ocurran para evitar entrar en una batalla en la que, bien por vergüenza, bien por agotamiento, tenéis las de perder
  • Continuad haciendo con completa normalidad aquello en lo que os encontrabais sin prestar atención alguna a la rabieta, ni para bien (cediendo) ni para mal (gritando y castigando), pero ojo: NO PRESTAR ATENCIÓN A LA RABIETA NO IMPLICA OBVIAR AL NIÑO, él está ahí y tiene unas necesidades, entre las que se encuentra la atención parental, simplemente está tratando de satisfacerlas y conseguir tal atención de una forma equivocada
  • Tanto en los momentos previos, de inicio, como en el punto álgido de la rabieta, el desvío del foco atencional del niño y los intentos de sacarle de la situación deberán basarse en instigaciones físicas basadas en el contacto, es decir, agarrarle y redirigirle a otra zona, hacia otro estímulo
  • No entréis a explicar lo desafortunado de su conducta, los motivos por los cuales no deberá volver a repetirse o cualquier otro razonamiento que, a priori, os parezca evidente. Recordemos, una vez más, que son niños. Están en otro momento evolutivo y, entre otras, se diferencian de los adultos en que son cortoplacistas. Una larga y densa explicación tan sólo logrará frustrarles más y acrecentar la intensidad
  • Involucrarle en lo que estáis haciendo, bien sea en forma de juego o en forma colaborativa, verbalizando lo que valoramos esas primeras muestras de autonomía. No olvidemos que dos aspectos influyentes en las rabietas son la demanda de atención y la necesidad de adquirir autonomía

Por lo tanto y como conclusión, no se trataría de “ganar el pulso” sino de acompañar a tu hijo en un proceso que hará de él una persona madura e independiente, acompañamiento promovido desde el afecto y la comprensión