Empecemos haciéndonos una pregunta: ¿qué es el dolor?

Piénsalo un momento antes de contestar. Imagino que tu respuesta reflejará una idea semejante a esta: una sensación desagradable que se da ante un daño en un tejido. ¿Sería algo así?

Antes de ahondar en la definición, me parece interesante especificar los diferentes tipos de dolor que hay y seguro que te son familiares:

  • El dolor agudo: es el que se produce por un daño tisular (de un tejido). Se espera que desaparezca una vez se cure la lesión. Es el que surge, por ejemplo, cuando nos caemos y nos hacemos una herida.
  • El dolor crónico: es aquel que dura más de 3 o 6 meses —según diferentes autores— y cuyo daño físico no explica la intensidad del dolor referida por la persona. En algunos casos deriva de un período con dolor agudo y, en otros aparece de forma repentina. Un ejemplo de dolor crónico es la fibromialgia o las cefaleas.

El dolor agudo suele responder bien a la medicación, sentimos control al conocer sus causas y  consideramos que su desaparición es cuestión de cuidados y tiempo. Sin embargo, las personas que padecen dolor crónico viven otra realidad.

Imagina levantarte cada mañana con dolor, que este no te deje dormir, que cualquier actividad diaria suponga un reto, no saber si vas a tener energía para ese plan que estaba programado… Desde luego, además de molesto, es muy frustrante. Quienes lo tienen suelen acudir a muchos especialistas, rotar por diferentes recursos médicos (traumatólogos, reumatólogos, neurólogos…). Además, después de ello, los tratamientos no consiguen que su dolor desaparezca ni nadie les da una explicación de por qué experimentan esos síntomas.

Es ahora cuando me parece importante rescatar la definición de dolor crónico. La más reciente es la siguiente: “El dolor es una experiencia angustiante asociada con daño tisular real o potencial con componentes sensoriales, emocionales, cognitivos y sociales”.[i] Esto quiere decir que la parte sensitiva (el daño tisular), en el caso de existir —ya que no siempre se da—, solo es uno de los componentes del dolor, puesto que hay otros: emocionales, cognitivos y sociales. Todos ellos conforman la experiencia del dolor.

¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Es que el dolor no es real? Por supuesto que es real, pero la experiencia de dolor engloba todo ello. Pongamos un ejemplo muy conocido: el dolor en el “miembro fantasma”. Se da en personas que, a pesar de no tener una parte de su cuerpo —por ejemplo, una pierna—, sienten que ese miembro les duele. Sin haber parte física, el dolor está ahí. Aunque en este caso se deben tener en cuenta también otros aspectos —intento de reorganización cerebral—, ejemplifica bien que el que exista una parte física dañada no es imprescindible, hay otros factores igualmente muy importantes en la experiencia de dolor.

No obstante, cuando los médicos recomiendan a las personas que padecen dolor crónico ir al psicólogo, no les suelen explicar esto. Por ello, muchos pacientes lo viven como una insinuación de que se están inventando el dolor o de que su problema lo generan ellos mismos. Y es normal que lo vean así ya que la idea de que el dolor está siempre asociado a una lesión es la predominante en la sociedad.

Veamos de qué manera los componentes emocionales, cognitivos y sociales forman parte de esta experiencia de dolor y cómo la psicología puede trabajar sobre ello.

Para ello voy a permitirme hacer referencia a un modelo teórico muy relevante, de forma muy breve y atrevidamente simplificada. En el año 1965, Metzalk y Wall propusieron la conocida “teoría de la compuerta”, que se ha ido adaptando con los años y es la base para entender este aspecto multidimensional del dolor. Estos autores defendieron que existe una zona en la médula espinal que actúa a modo de puerta y que regula la experiencia de dolor. Esta zona, además de recibir información de la parte en la que se focaliza el dolor —lo que entendemos que pasa cuando alguien se hace un corte, por ejemplo—, recibe otro tipo de datos que pueden inhibir o excitar la experiencia de dolor. Aquí intervienen los aspectos relacionados con la cognición o el afecto, por ejemplo. Esto no se suele tener en cuenta y modula enormemente la experiencia de dolor.

A nivel cognitivo hay diferentes aspectos.

En primer lugar, tenemos la necesidad de entender qué está pasando, de dar una explicación para nuestra realidad. Además, solemos anticipar la experiencia de dolor y tener pensamientos catastrofistas —es lógico, nos ha pasado más veces—, que harán que el dolor aumente. Es común también que el dolor haya ocupado el centro de nuestra vida y la atención se dirija a él, casi sin darnos cuenta. Todo esto hará que aumente. Aprender a manejar las incertidumbres, los pensamientos negativos catastróficos, las anticipaciones y desviar la atención nos ayudará a cerrarle la puerta al dolor y a disminuir su intensidad.

Ansiedad, tristeza, miedo e ira son emociones que acompañan al dolor crónico.

Analicemos la primera. La ansiedad aparece con aumento de la tensión muscular, favorece la vigilancia y pone en marcha los mismos mecanismos del sistema nervioso que se activan con el dolor. Por su parte, el miedo a experimentar dolor va a motivarnos para dejar de hacer ciertas conductas y evitar que aparezca la desagradable sensación. Pongamos un simple ejemplo: cuando le preguntas a una persona con dolor crónico en qué momentos el dolor disminuye o incluso desaparece, dice respuestas del tipo “cuando vienen mis nietos y juego con ellos”. Además de que la atención está en otro aspecto, las emociones positivas inhiben las sensaciones dolorosas.

Con respecto a la conducta, suelen mostrarse dos patrones:

Personas que se sobrecargan y personas que evitan realizar ciertas actividades por miedo a que surja el dolor. Aunque tenemos la sensación en un primer momento de que la inactividad evita el dolor, a la larga atrofia nuestro cuerpo y facilita su aparición ante menores requerimientos.

El ambiente social también ejerce mucha influencia.

La reacción de las personas cercanas puede fomentar que sigamos llevando a cabo patrones que mantienen el dolor. Además, las personas con dolor crónico suelen sentirse incomprendidas por la mayor parte de la población, incluyendo a amigos. En el trabajo son tachados a veces de “vagos” o “mentirosos” y, en casa, la relación suele deteriorarse, ya que el dolor pasa a ser el núcleo de la vida familiar.

Como vemos, desde la psicología podemos intervenir en muchos aspectos de los componentes que conforman la experiencia de dolor.

Al final, el dolor es como una cebolla, que tiene diferentes capas. El daño físico puede ser el núcleo (en algunos casos) y existe la probabilidad de que no consigamos quitarlo nunca. Sin embargo, hay otras muchas capas que sí podemos trabajar y no va a ser lo mismo lidiar con una cebolla entera que solo con el núcleo, el cual será más manejable.

Así pues, tampoco debemos llamarnos a engaño: el objetivo del trabajo psicológico no será eliminar el dolor, sino aprender a manejarlo y a vivir mejor con él.

Nos hacemos cargo de que vivir con dolor es muy complicado y la psicología está estudiando nuevas formas de intervención eficaces. Aunque todavía queda un largo camino por recorrer, hay mucho que se puede hacer para que el dolor no se convierta en el centro de una vida.

Cambiemos la frase “el dolor me maneja” por “yo puedo manejar el dolor”.



[i] Esta nueva definición de dolor ha sido recientemente publicada por la revista Pain y se puede consultar en la siguiente referencia:

Williams, A. C. D. C., & Craig, K. D. (2016). Updating the definition of pain. Pain, 157 (11), 2420-2423.